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Café Slott

Eduardo Garay Vega

 

  • Colección: La nave insólita, núm. 19
  • Año: 2020, Ciudad de México
  • 80 páginas
  • Formato: 11.5 x 17 cm
  • Género: Cuento

$150.00

Disponible para reserva

 

Café Slott

Café Slott, nos permite asomarnos a Querétaro, sus calles, sus plazas comerciales, sus barrios y sus cantinas más escondidas (las de culto, digamos), pero también a las numerosas lecturas del escritor de estos textos que no son puro cuento.

Alejandro Roque

Fragmentos

Un cel a toda madre

Acababan de comenzar las vacaciones para Emilio cuando sus papás decidieron irse a “luchar por la democracia”, o eso decía la nota que le dejaron a la entrada de la casa junto con una serie de indicaciones para que se fuera a pasar unos días con sus tíos Beto y Enrique. “Vamos al plantón de Reforma, yo creo que en unos días tumbamos al pelele”. Leyó el tío Enrique cuando vio, maleta en mano, a su sobrino, quien vivía en el departamento 4−B (el de los dos tíos solteros era el 1−c y quedaba pared con pared en la privada siguiente del conjunto habitacional Ferrocarrileros).

   —Bueno —dijo Beto cuando llegó en la noche—. Te toca quedarte en el cuarto de Enrique —y señaló hacia una de las dos recámaras que tenía su departamento—. Él perdió y le toca dormir en el estudio.

    El lugar donde vivían Beto y Enrique era un lugar distinto a todos los que conocía Emilio. No tenía televisión (aunque sí internet), por todos los rincones de la casa había revistas Letras Libres, libros de decoración, de feng shui, manualidades y cocina para adelgazar (que obviamente no servía, tío Beto pesaba más de ciento veinte kilos y tío Enrique un poco menos, pero porque estaba enfermo de la diabetes, decía mamá); además de unas pequeñas bocinas de donde salía una música que solo se podía escuchar en ese lugar del condominio (y de todo el mundo, pensó Emilio cuando le dijeron que estaba escuchando a Sergio Mendes, después venía Malher y finalizaban, antes de cenar, con un poco de Barry Manilow para regresar a Mendes, ¡para irse a dormir tranquilos!). Beto y Enrique tampoco eran un ejemplo de personas comunes: se llamaban entre ellos “maestro”, ambos se decían poetas y parecían en competencia para ver quien tenía la barba más grande; tomaban café en lugar de agua y, más que hablar, siempre parecían discutir, se interrumpían todo el tiempo y terminaban azotando puertas para, segundos después, regresar a discutir otro tema.

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